15 de febrero de 2026
La Garbía · Nº 15 Presentación · 21 de febrero La revista La Garbía. Revista de Pensamiento y Literatura alcanza su número 15 y continúa consolidándose como un espacio independiente de reflexión cultural y creación literaria. Dirigida y coordinada por Andrés García Baena, La Garbía mantiene desde su inicio una línea clara: pensamiento crítico, literatura y ensayo con vocación de permanencia. Una publicación que no responde a la inmediatez, sino al tiempo reposado de la reflexión. El número 15, correspondiente a febrero de 2026, reúne nuevas colaboraciones dentro de esa apuesta por el análisis cultural y la palabra escrita como herramienta de pensamiento. El editorial, firmado por Andrés García Baena, abre este número con una reflexión sobre hegemonía cultural, poder y pluralismo en las democracias contemporáneas: “La cultura, en este sentido, no es un terreno neutral: es un espacio de poder.” “El verdadero desafío para las democracias contemporáneas no es elegir entre hegemonías, sino evitar que cualquiera de ellas se convierta en incuestionable.” “La vitalidad de una sociedad democrática depende de su capacidad para sostener el desacuerdo, revisar sus consensos y permitir la coexistencia de marcos interpretativos diversos.” La Garbía Nº 15 se presentará públicamente el próximo 21 de febrero, en un acto que reunirá a colaboradores, lectores y equipo editorial para celebrar la continuidad de este proyecto cultural. Revista de Pensamiento y Literatura Nº 15 · Febrero 2026 ISSN: 2530-3945 Seguimos apoyando iniciativas que sostienen espacios de pensamiento libre, diálogo intelectual y presencia cultural en nuestro entorno. Editorial "Gramsci en su obra cuadernos de la cárcel analiza la relación entre Estado, sociedad y cultura. En ella, expone el concepto de hegemonía cultural según el cual la supremacía política no se consigue solo con la coerción sino, a través también, del consenso cultural y el control intelectual. En este sentido, la hegemonía cultural es previa a la política. De esta manera, ciertas visiones del mundo llegan a convertirse en «sentido común». No se trata solo de quién gobierna, sino de quién define los valores, los marcos morales y las interpretaciones legítimas de la realidad. La cultura, en este sentido, no es un terreno neutral: es un espacio de poder. Personalmente, detesto el hecho de que ciertos sectores ideológicos intenten apropiarse de la ética como forma de autentificación de su discurso narrativo. De la misma manera la ausencia de autocrítica y la exposición de las producciones culturales al servicio de los poderes, sean del signo que sean, generan discursos vacuos y doctrinarios que rompen y penetran en el sectarismo más intenso. Desde hace tiempo, gran parte de las democracias occidentales han consolidado una hegemonía cultural de orientación «progresista». Este marco ha influido profundamente en la educación, los medios de comunicación, el lenguaje público y la producción académica. Discursos centrados en la identidad, la diversidad, la memoria histórica o la deconstrucción de las tradiciones han configurado lo que Michel Foucault llamaría un «régimen de verdad»: un conjunto de narrativas que establecen qué es aceptable decir, pensar y defender en el espacio público. Foucault teorizó sobre el poder concluyendo que este no actúa solo mediante leyes o instituciones, sino también a través de los discursos que producen normas, identidades y formas de comportamiento. Así, la hegemonía cultural no solo transmite valores, sino que también delimita los márgenes de lo legítimo, generando mecanismos sutiles de inclusión y exclusión simbólica. Sin embargo, como advirtió Gramsci, ninguna hegemonía es permanente. Cuando un consenso cultural deja de integrar las experiencias y preocupaciones de amplios sectores sociales, comienza a perder legitimidad. En los últimos años, muchas personas han percibido el discurso dominante como excesivamente normativo, moralizante o desconectado de la vida cotidiana. Esta sensación de distanciamiento ha favorecido la aparición de una contrahegemonía asociada a lo que se denomina la «derecha cultural». Estos nuevos actores no se han limitado a disputar elecciones, sino que también se disputan significados. Se ha empezado a cuestionar los relatos establecidos sobre identidad, nación, familia, historia, soberanía o libertad de expresión. Desde el enfoque gramsciano, existe una «guerra de posiciones» en el ámbito cultural, donde se construyen nuevos espacios intelectuales, mediáticos y simbólicos para redefinir el sentido común. Desde el punto de vista de Foucault, este proceso puede entenderse como una confrontación entre distintos regímenes de verdad. No se trata solo de ideologías opuestas, sino de diferentes formas de producir legitimidad, autoridad moral y conocimiento social. Ahora bien, más allá de la orientación ideológica de estos cambios, cabe plantear una hipótesis central: ¿la alternancia hegemónica puede ser necesaria para evitar la cristalización de dogmatismos culturales? Cuando un marco discursivo y narrativo se vuelve incuestionable, corre el riesgo de transformarse en una ortodoxia que limita el pensamiento crítico. El pluralismo real no se garantiza por la estabilidad del consenso, sino por su capacidad de ser desafiado. En este sentido, la emergencia de nuevas corrientes culturales –incluida la llamada derecha cultural– puede funcionar como un mecanismo de reequilibrio simbólico. No porque sus propuestas sean necesariamente superiores, sino porque introducen fricción, debate y revisión crítica en un espacio que, en ocasiones, se había vuelto homogéneo. No obstante, el riesgo inverso también existe: sustituir una hegemonía cerrada por otra igualmente dogmática. Tanto Gramsci como Foucault nos recuerdan que todo poder cultural tiende a normalizar, clasificar y excluir. El verdadero desafío para las democracias contemporáneas no es elegir entre hegemonías, sino evitar que cualquiera de ellas se convierta en incuestionable. En última instancia, la disputa cultural no debería entenderse como una guerra por imponer una verdad única, sino como un proceso dinámico de negociación simbólica. La vitalidad de una sociedad democrática depende de su capacidad para sostener el desacuerdo, revisar sus consensos y permitir la coexistencia de marcos interpretativos diversos. Más que temer el cambio de hegemonía, quizá debamos preguntarnos cómo convertirlo en una oportunidad para fortalecer el pensamiento crítico, la pluralidad intelectual y la libertad cultural."